Secretos de Cuba
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Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

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Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por Patrio el Jue Jul 09, 2009 4:57 pm

El odio es fácil de llevar, a manera de llavero va colgado de las almas. El amor es más complejo, quien le lleva acordonado a los zapatos conoce que ello implica un pacto con el que sufre, con el hambriento, con el débil y para muchos, un compromiso de este tipo semeja la preocupación periódica de una hipoteca y a decir verdad, una preocupación más en una sociedad preocupada es demasiado, más aun para aquellos que hojean las promociones de El Corte Inglés mientras almuerzan y la CNN les muestra imágenes de niños palestinos masacrados por misiles en las últimas horas. Este es el mundo de los que se acogen al cómodo término de pragmáticos, donde el simple gesto de virar el rostro aisla de una realidad cruel pero lejana, al otro lado de la frontera del tercer mundo. La desidia es cómoda pero cercana al odio, a la sinrazón, al temor incomprensible de que esos cuerpos esqueléticos de los noticiarios se conviertan en una amenaza para el suculento pan que se digiere mientras se les contempla morir de inanición. Sin duda alguna la desidia y el odio son casi gemelos, son más fáciles de llevar. Absorto en estos pensamientos deambula por la ciudad.
Camina con delicadeza, con toda la prudencia posible, como si un mal paso alertara al entorno de su presencia. Desde que leyó lo del "efecto mariposa" y confirmar que todo es posible en esta vida, se ha vuelto más precavido y más aun en la situación actual. Intenta pasar inadvertido como el sol, la luna, las estrellas o un atardecer para los apurados urbanitas que pasan a su lado sin que se les caiga un saludo de las mochilas. Desde su llegada hace un mes y tres días, ha descubierto que el silencio es un concepto tan etéreo y relativo como la compañía. Inmerso en un silencio rodeado de claxons, alarmas de autos, silbatos de policías, tacones sobre aceras, ladridos, timbres de teléfonos y aplausos de reality shows, su única compañía es la fiel soledad que lleva de la mano como una amante.
Mide cada gesto que pueda delatarle ante los ojos que le rodean, porque sin saber aun la razón, se han esfumado de su camino las miradas tiernas que reflejan amor, cariño u amistad, como aquellas que conserva en las fotografías que mira cada noche. Ahora sólo recibe miradas inquisidoras que semejan cascadas de recelo, por ello e intentando encontrar el camino de las buenas vibraciones, calcula cada frase o palabra y borda en sus labios cada mañana una sonrisa, difícil de lograr después de madrugadas rumiando nostalgias y lejanías. Descubre cosas a cada paso, como por ejemplo, que se puede nacer otra vez a los cuarenta años, bastan un pasaje de avión o una patera que a modo de vagina le expulsen a uno en una ciudad lejana. Nada se parece más a un nacimiento pero con el agravante de nacer huérfano, sin un brazo que acaricie o una mirada que proteja, tal vez la orfandad es un término benevolente para explicar tal condición pues esta genera lástima y su estado actual sólo provoca desconfianza y rechazo. Está condenado y lo sabe, pero camina por la ciudad como si las vidrieras y las cabinas de teléfono le saludaran, como si del otro lado de una línea erótica una voz sincera pudiera decir un "te quiero".
Caminar es su secreto, romper con pasos las alambradas del aislamiento. Hoy es su día libre tras la primera semana de trabajo y decide saltar el muro enorme que lo separa de todo lo que lo rodea, ese mundo que se contempla desde el banco de un parque cualquiera una mañana fría y sin sol, que resulta tan distante cuando se es un emigrante. Un mundo de flamantes automóviles, de parejas sonrientes, de perros acicalados como sus dueños donde uno adquiere la condición de impropio, de incorrecto, de marginado, un mundo que gira a solo unos metros pero que se carece de la posibilidad de engranarse a él y se hace lejano, como si existiera para todos menos para uno y que nos lanza hacia los recuerdos de todo lo dejado. En apenas un mes se ha convertido en un sacerdote de los recuerdos, en adorador de imágenes de la memoria. En un mundo donde los hombres se postran para elevar sus plegarias a Cristo, a Alá, a Buda, a Khali, él se aferra a rostros que le corretean por la memoria, se esfuerza en delinear cada detalle de su pueblo lejano, de la familia, para no perder en la vorágine de las luces de neón multicolor de las aceras, todo aquello que le ancla a la vida que comienza a vivir lejos de todo.
Escoge una terraza poco iluminada a unos metros de la calzada, un sitio discreto es un buen lugar para comenzar a engranarse. Tras cerciorarse de que el periódico que pasa de mano en mano de los parroquianos no fue olvidado por alguien y que es un servicio que presta la cafetería a los clientes, aprovecha una oportunidad y lo trae a su mesa. Un perro de raza indefinible, sin duda alguna abandonado pues aun conserva cierta distinción en el porte, se le acerca y tras observarle se acomoda junto a él. El perro le mira y obtiene una recompensa inmediata, la galleta que sirven con el café. Un café, el periódico y un perro a sus pies, ya es casi un hombre del primer mundo.
Entonces la vió. Está sentada a solo una mesa de distancia y la escruta con disimulo. Tiene un rostro sin lugar a dudas sudamericano pero lo que más llama su atención son los ojos. Hay seres que se llevan en las pupilas su tierra al sitio donde vayan y estos ojos irradian américa como cascadas. A decir verdad desde la llegada, inmerso en tantas experiencias nuevas y a la adaptación al entorno apenas ha tenido tiempo para detenerse a mirar a una mujer. Sin embargo, esta es algo diferente. Hay mujeres que puede apreciarse en ellas un toque especial de independencia,

Hace rato que lo observa, le llama la atención la imagen de ese hombre que a ratos mira con disimulo sobre el periódico en su dirección. Parece de origen balcánico, por la piel extremadamente blanca y los ojos azules, además esa forma de sentarse para leer como si estuviera en el salón de su casa denota seguridad. A decir verdad no le desagrada la estampa de vikingo encubierto que tiene a solo una mesa de distancia. Está cansada, la jornada no ha sido excepcional pero si productiva y mientras, continúa dando cuenta del vodka con zumo de naranja habitual al término de la faena diaria. Se sumerge en los recuerdos, al menos una vez al día lo hace y más hoy que cumple tres años justos de su llegada a estas tierras.
Recuerda con exactitud el día, el aeropuerto, el policía de la aduana de mirada lasciva y a la salida..., nadie. Es curioso pero siempre que llega a un destino lejano puede percibir la sensación de que alguien le espera y aunque nadie lo haga, siente que ese grupo de personas de rostros ansiosos tras los cristales, le esperan de alguna forma y les sonríe. Nueva ciudad, nueva casa, nuevos vecinos, nuevos perros, hasta las noches son nuevas y en su caso, nuevos cuerpos sobre el suyo tras una simple llamada. La deuda contraída para alcanzar Europa resultó demasiado para un trabajo de camarera y la opción más rentable implicó la utilización de un recurso de gran demanda en el sofisticado mercado al norte del mediterráneo: su propio cuerpo. Varios desayunos y almuerzos de platos vacíos sumados a la amenaza de los acreedores de tomar represalias contra los suyos en su Cartagena natal, bastaron para tomar la desición, entró de lleno al mercado del sexo. Hace apenas dos años era muy lucrativo pero cada día el sector es más competitivo, la prostitución al igual que el deporte suma atletas de las más disímiles nacionalidades y como el baloncesto o el balonmano, las atletas de la Europa del Este ganan un espacio por derecho propio. No por gusto las páginas de citas se han duplicado en los periódicos y tienen tendencia al alza como el barril de petróleo.
En sólo seis meses liquidó las deudas con los intereses añadidos gracias a la eficaz administración de su voluptuosa anatomía. El cuerpo trastocado en inmobiliaria del placer, con rígidos horarios y tarifas variables en dependencia del cliente, recibe visitas de todos los estamentos sociales sin distinción. Pocos en la ciudad escapan a la tentación de al menos un contacto con el cuerpo extranjero que colapsa el tráfico ante el vaivén de unas caderas que trajeron del trópico propiedades telúricas, las retinas no se resisten al caminar de una mujer como ella, el cebo perfecto para un mundo de machos que pagan para seguir siendo machos. Los que pagan el peaje tiemblan de lascivia ante la perfección de las curvas, hombres que miran a la carne pero no a los ojos, como si la visión del cuerpo bloqueara los sentimientos y exteriorizara la necesidad animal de copular, de poseer. Todo lo contrario al hombre de la mesa contigüa que la mira con timidez pero directamente a los ojos.
Da un breve sorbo al vodka y sus miradas chocan frontalmente. Siente una turbación rara ante los ojos de ese hombre, es una mirada diferente, no intenta desnudarla sino que llega hasta ese sitio que guarda solo para sí donde existe su yo real, donde se esconde la chica adolescente que correteaba por Cartagena mordisqueando un mango regalado por el abuelo Venancio. Sí, esa jovenzuela que no ha dejado morir, oculta a los ojos y las manos, a los gemidos de los cuerpos sudorosos y lenguas ávidas que recorren su cuerpo a diario, a salvo de sábanas impuras y de caricias trocadas en billetes. La mirada de ese hombre la convierte en ella, la despega del anuncio del periódico, le borran el mórbido Sussy y le devuelven su Ofelia real, el mismo nombre que se tornaba tan musical en los labios de la madre lejana, el que desde hace tres años nadie ha vuelto a pronunciar. Otro breve sorbo de vodka y se sacude los pensamientos. Debe evitar recordar, los recuerdos esperan la noche para cebarse en sus víctimas, emboscados tras la maleza de las preocupaciones diarias acechan en espera del momento oportuno y de forma cordinada cierran todas las vías de escape posibles. Una manada de recuerdos hambrientos es altamente eficaz en sus ataques, eligen a las víctimas entre los solitarios, los abandonados, los fracasados y los enamorados. Son unos depredadores temibles y ella lo sabe. No debe pensar más, quizás sea la mirada de este hombre.

- Con permiso, me presta usted fuego-. No necesita mirarle para saber que es él. Toma el mechero y sólo entonces alza el rostro.
- Sí, como no.
Enciende el cigarrillo con parsimonia, aspira una amplia bocanada y se decide. - Mire, hace un buen rato pienso en la manera de poder conversar con usted y lo del mechero es lo mejor que se me ha ocurrido-.
- Ah, ¡no eres de aquí?.
- No, soy cubano.
- Pues pensé que eras sueco o algo así.
- Eso pasa, todos creen que el cubano es un mulato acariciador de tumbadoras, pero en realidad no es así.¿Y usted es holandesa?- afirma mientras sonríe.
- ¿Yo?, sí - esboza una sonrisa que muestra unos dientes perfectos-,¿te sientas?

La observa extasiado. Hay mujeres que son como la mar o como la tierra, no tienen dueño. La mar y la tierra son hermanas gemelas, no les quitas nada y menos aun las posees, te dan recompensas por caricias pero jamás son propiedad de nadie. Tan apacibles como irascibles, no predecibles, sencillamente son ellas y nada más y están ahí para todos aunque en realidad sólo para aquellos que las aman y esta mujer es así, en sus ojos aprecia que no se entrega, es una mujer ola, que si decide entregarse pasa sobre el elegido como un huracán devastador, sin términos medios, sin medianías donde el clima es benévolo, es a vida o muerte, como el último segundo de cada uno. Esta mujer es de esas, lo siente en el calor de las pupilas negras como un recodo del Amazonas a medianoche, donde la luna no es más que un espectador de la supervivencia. Cuanto calor en esa mirada que le rompe tanta lejanía.

- Sí, gracias. Solo llevo un mes aquí y hoy es la primera vez que hago una salida oficial, digo.., que me propongo salir con el objetivo de permitirme un lujo personal, tomarme un café, sentarme y mirar la gente que pasa., cosas así. Hoy es mi día libre y creo que también el de suerte pues ya ves, estoy conversando contigo, perdón, con usted.
- Puedes tutearme. Mi nombre es Ofelia y soy colombiana. Llevo tres años aquí.
- Mucho gusto, mi nombre es Ramón.

Hace años que escuchaba su nombre real sólo cuando le llamaban de su tierra. Este hombre la asusta, en apenas unos minutos le ha hecho regresar a una parte de ella guardada del mundo exterior, quizás es que se siente segura a su lado como si le conociera desde siempre o tal vez es esa mirada que la abraza.

- ¿Que hacías en Cuba?
- Era maestro de primaria.
- ¿Maestro?
- Sí y ahora soy profesor de fregado de platos de una cafetería de la zona sur. ¿Qué te parece?
- Bueno, por algo se empieza y al menos estás cerca de la playa.
- Eso es cierto, a propósito hace unos días leí una frase de un cantautor canario que decía algo así como: << ¿y que haces tú aquí gaviota,, en Madrid?>>. Realmente un isleño en tierra firme está fuera de sitio, como si le faltara el aire. ¿Sabes?, de niño pensaba que las islas flotaban como los barcos y aun hoy creo que tenía algo de razón, quizás por ello todo el que nace en una isla tiene algo de marinero, nos mareamos en tierra firme.

En una de las mesas próximas tres jóvenes conversan sin disimular miradas continuas hacia la joven.
- Es ella, la ****.
-¿Seguro?
-Sí, es ella, ¿es que no la recuerdan?
- Es ella, estoy completamente seguro. -asevera el que está sentado en la silla más lejana- Es la ****, tengo su teléfono.
- ¡Llámala, llámala!- insiste el más joven entre carcajadas- A ver que hace.
- Está con un hombre, no lo hagas- interviene el más corpulento de los tres que lleva la cabeza totalmente rapada.

El teléfono móvil deja escuchar el contagioso ritmo de una bachata. Durante unos segundos el rostro de la joven adquiere un semblante gélido.

- Debo irme, Ramón.
- Bueno, ya soy un hombre afortunado por los minutos que he conversado contigo y debo darte las gracias. Es más, ¿puedo acompañarte hasta la esquina?
- Muy bien.

Mientras se alejan los tres jóvenes ríen a carcajadas pensando en la cara de Sussy al llegar al apartamento y la espera por el inexistente cliente. Pero hoy la Sussy, el engendro de la necesidad está en desventaja, en apenas unos metros la mercader del placer es desplazada por Ofelia, la siempre resistente a salir de su escondite entre la maleza de los sentimientos verdaderos, esos que todos ocultan.

Los primeros rayos del sol obvian al descuido los finos cristales de la ventana y pugnan por acercarse a la cama donde Ofelia se acurruca entre los brazos de Ramón. En la acera, un perro al parecer abandonado pero de buen porte..., espera.

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Re: Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por Invitado el Vie Jul 10, 2009 12:20 pm

ESPECTACULAR......!

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Re: Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por armando aguilar el Vie Jul 10, 2009 1:54 pm

Magistral, mi querido hermano. Para disfrutar y aprender.
El abrazo de siempre.

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Re: Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por El tuerto el Sáb Jul 11, 2009 12:39 am

Como siempre,..Usted Amigo,.lleva las Letras consigo y las Letras lo cargan,..eres otro Bendecido Hermano y Amigo Patrio,..Saludos y Respetos,..el tuerto.

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Re: Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por PLACETA el Sáb Jul 11, 2009 12:47 am

Patrio nuestra patria cada vez esta mas cerca. Mis respetos

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Re: Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por Patrio el Sáb Jul 11, 2009 2:13 pm

Muchas gracias a los hermanos que han leído este escrito. Este cuento fue publicado en una selección en la reciente feria del libro de Santa Cruz de Tenerife 2009. Fue escrito pensando en mi patria lejana y los difíciles momentos vívidos por todos lejos de nuestra tierra.
Quise compartirlo con mis hermanos.
Muchas gracias,
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Re: Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por camilo harley el Lun Jul 13, 2009 1:29 pm

MUY BUENO SU ESCRITO SENOR PATRIO,SALUDOS

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Re: Ofelia, Ramón, un perro y lejanía.

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 3:54 am


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