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Zelaya y el socialismo del siglo XXI

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Zelaya y el socialismo del siglo XXI

Mensaje por odioafifo el Dom Jul 05, 2009 9:08 am

Zelaya y el socialismo del siglo XXI
René Gómez Manzano

LA HABANA, Cuba, junio (www.cubanet.org) - En los últimos días la propaganda castrista ha dirigido su artillería a los acontecimientos acaecidos en la República de Honduras. Se suceden maratónicas mesas redondas en horarios inusitados, al tiempo que en los periódicos y noticieros se dedica un considerable espacio a ese asunto. Todo parece indicar que, en vista del olímpico desinterés de nuestra población en temas como los de Luis Posada y los cinco espías encarcelados en los Estados Unidos, los encargados de la “orientación revolucionaria” han decidido probar suerte con el señor Zelaya, de modo que se convierta en tema de una campaña propagandística que motive a los descreídos, como sucedió hace años con el niño Elián González.
No creo que tengan mucho éxito, pues la generalidad de los cubanos de a pie, agobiados por el empeoramiento de la situación económica, se preocupan más por la solución de sus problemas cotidianos que por la suerte de la democracia hondureña y la del señor Zelaya, incluidos su bigotón y el sombrero, del cual el Hugo Chávez se burló públicamente.
Llama la atención en el enfoque de los “bolivarianos”, el desvelo que muestran por lo que consideran el mantenimiento del orden constitucional en Hondura. Despierta curiosidad ver el interés inusitado que prestan a ese tema los Castro, que treparon al poder a tiro limpio, y propugnaron que también lo hicieran los izquierdistas de media América Latina, sin preocuparse por si los regímenes cuyo derrocamiento propiciaban fuesen dictatoriales o democráticos. Lo mismo cabe decir del inefable Chávez, frustrado aspirante a gorila que saltó a la vida pública intentando derrocar al gobierno constitucional de Carlos Andrés Pérez.
Causa asombro el primitivo enfoque que dan esos señores a la cuestión de la legitimidad, más adecuado para la edad media o moderna, cuando los diferendos de ese tipo se limitaban a determinar si quien habría de ejercer el poder absoluto sería uno u otro de los pretendientes al trono. Parece que no se han enterado aún de que, en las concepciones democráticas actuales, el asunto radica en la división de los poderes del Estado y la existencia entre ellos de contrapesos concebidos para evitar la tiranía.
En este caso, la propia prensa cubana ha reconocido que el señor Zelaya se ha enfrentado nada menos que al Congreso Nacional, la Corte Suprema de Justicia, la Procuraduría General de la República y el Tribunal Nacional de Elecciones. Todos estos órganos del Estado han considerado ilegítima la pretensión del mandatario de ordenar, por sí y ante sí, una “consulta popular” que persigue el propósito de viabilizar la convocatoria de una Convención Constituyente que redacte una nueva Carta Magna.
Los que hemos seguido la evolución de regímenes como los de Chávez, Morales y Correa, sabemos por dónde van los tiros. Menudean las invocaciones a los derechos del pueblo, la necesidad de luchar contra la miseria y la pobreza (¡como si el medio fundamental para alcanzar ese propósito, noble en sí mismo, fuese la redacción de códigos!), el propósito de garantizarle a cada ciudadano un trabajo, atención médica, educación y una vivienda decorosa; todo género de consignas demagógicas, pero en el fondo la cuestión girará alrededor de un tema central: la reelección presidencial. Para cada uno de los líderes del “socialismo del siglo XXI”, lo aconsejable, indefectiblemente, es que las transformaciones que propugnan se lleven a cabo bajo la dirección de una persona: él mismo.
Los constituyentes hondureños de 1982, sabiamente, prohibieron la reelección presidencial; también vedaron la reforma de determinados preceptos por encima de la ley, incluyendo los que contienen esas disposiciones. Por supuesto, para quien quiera seguir disfrutando del poder, como desea Zelaya, la única salida es la que en su día propugnaron Hugo, Evo y Rafael: elaborar una nueva Constitución hecha a la medida, y a ese fin, actuando contra viento y marea, él ha dedicado sus empeños.
Es lastimoso ver cómo la ambición de un solo hombre puede poner en peligro la estabilidad de un país. También es de lamentar que la Carta Magna hondureña no contemple la posibilidad de que otro órgano del Estado destituya al Presidente de la República.
Zelaya se ha ganado el repudio de la clase política del país, incluyendo a la mayoría de los miembros del partido que lo postuló.
Esperemos que el pueblo hondureño, superando el protagonismo desmedido del hombre del sombrero, encuentre las vías para resolver esta crisis motivada por la politiquería y el apetito de mando.

odioafifo
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