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Los planes del General (Parte 2)

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Los planes del General (Parte 2)

Mensaje por Invitado el Miér Abr 29, 2009 8:16 pm

Como vicepresidente del Consejo de Ministros y ministro de Economía
y Planificación fue designado Marino Alberto Murillo Jorge, un ex
coronel de las FAR que dirigía el Ministerio de Comercio Interior desde
2006. Asimismo, designó a tres figuras de alto rango político como
vicepresidentes de ese órgano: el comandante de la revolución Ramiro
Valdés (Informática y Comunicaciones), el general Ulises Rosales del
Toro (Agricultura) y Jorge Luis Sierra Cruz (Transporte).
Como resultado, las políticas que se diseñan y las recomendaciones
procedentes de las FAR, tienen un papel mucho más influyente y decisivo
que las emanadas de otras instancias del Partido o del gobierno.
Igualmente, los ministerios del Azúcar, Turismo, Construcción; los
institutos de Reserva Estatal, Aeronáutica Civil, Radio y Televisión;
la empresa Habanos S.A. y Grupo Nueva Banca, entre otros, son también
dirigidos por militares en activo o retirados. Dos dirigentes que
pasaron por el Secretariado del Partido Comunista, María del Carmen
Concepción González y Lina Pedraza, han quedado al frente de los
ministerios de Alimentación —que absorbe al de Industria Pesquera— y
Finanzas y Precios, respectivamente.
Recientemente, también entró en el gobierno, para dirigir la
Industria Sideromecánica, otro general, Salvador Pardo Cruz,
proveniente de la Unión de la Industria Militar, estructura que
administra doce empresas del MINFAR. Y el último nombramiento atañe al
coronel Armando Emilio Pérez, uno de los "arquitectos del sistema de
gestión aplicado en las empresas militares", designado viceministro de
Economía y Planificación.
Ambiciones satisfechas
De todos estos movimientos, se desprende el empeño por consolidar la
alianza conservadora, establecida entre la cúpula militar de Raúl
Castro y los burócratas partidistas comandados por José Ramón Machado
Ventura.
Por fin, el estamento castrense, después de exportar la guerrilla a
América Latina en los sesenta y combatir en los setenta y los ochenta
en la sabana africana, ve satisfechas sus ambiciones de poder. Su
fidelidad a los Castro se recompensa con las prebendas que supone el
poder económico, las cuales se multiplican cuando ese poder va vestido
con uniforme verde olivo.
Estos generales-gerentes participan en la administración de las
empresas del GAESA, en el marco de un proceso de privatización que no
excluye como uno de sus fines mantener la férrea unidad corporativa
entre esa casta de empresarios-segurosos y la inquebrantable
fidelidad a su general de cuatro estrellas. Entre los nuevos
capitalistas, muchos de los mejores son precisamente aquellos que
cuentan con experiencia anterior en puestos de gestión de empresas, apparatchiks del gobierno, agentes de la contrainteligencia militar o negociantes del mercado negro.
Los principios de esta cultura mafiosa del poder reposan en un
régimen patrimonial, mediante el cual se privatizan las posesiones del
sistema político. El nuevo padrino —Raúl— ahora es el único facultado
para "premiar" o tronar, como lo demostró recientemente; aunque la
fuerza y la amplitud relativa de los nuevos empresarios-generales y su
estrecha relación con el otrora ministro, les proporciona un paraguas
mínimo del que carecen los dirigentes civiles del gobierno y del
Partido.
Si Fidel apadrinaba a los "talibanes" y articulaba estructuras
redundantes, como el "Grupo de Apoyo", Raúl patrocina a sus tecnócratas
verde-olivo y amenaza con la formación de un clan Castro, que persigue
crear un tipo funcional y compacto de institucionalidad, basándose en
sus colegas de armas y de negocios y, en menor grado, en algunos
cuadros partidistas.
Considerando la enorme concentración de poder que monopoliza Raúl,
cuesta creer que el general tenga algún incentivo para auspiciar una
apertura liberalizadora en el terreno económico, lo cual se evidencia
en las limitaciones con que ha acometido los cambios en el sector
agrícola.
El campo, igual
A pesar de que se han entregado cerca de un millón de hectáreas de tierras
a los campesinos, la agricultura sigue postrada. El plan de Raúl no
dista en esencia del de las Unidades Básicas de Producción Agropecuaria
de Fidel, pues, aunque la tierra se da en usufructo por 10 ó 25 años,
el dueño continúa siendo el Estado.
Por otra parte, los adjudicatarios de las tierras siguen sujetos a
que las autoridades definan los planes de producción. Entretanto, el
90% de lo cosechado tienen que venderlo al Estado, al precio que
imponga el gobierno. Con esta coyunda no puede haber apertura de ningún
tipo, mucho menos en el campo, donde el trabajador agrícola tiene que
disponer de claros incentivos mercantiles para echar a producir la
tierra con todo el esfuerzo que ello supone.
Tampoco cabe atribuirle al General la voluntad reformadora del
modelo chino. En China, las reformas fueron controladas por los cuadros
civiles del partido, aunque fueron puestas en práctica por el ejército.
Sin embargo, los militares chinos no disfrutaron simultáneamente de un
papel político predominante, como en Cuba.
Al principio, la implicación militar en la economía se concibió para
lograr la autosuficiencia. Su papel comenzó a cambiar en 1979, cuando
los militares apoyaron el proceso de reformas liderado por Deng
Xiaoping.
Esto quiere decir que en ese país los máximos dirigentes del
partido, y no los militares —que en Cuba son la misma cosa—, fueron los
que impulsaron la reforma, procediendo a liberalizar los mercados y los
precios, permitiendo la actividad y el auge de la pequeña y mediana
empresa privada. Gracias a esto, China superó el ancestral atraso de su
estructura agraria y logró además el desarrollo de su base industrial.
Raúl, sin urgencias
Los Castro se hallan a gusto jugando al "poli-bueno" y al
"poli-malo". Fidel encarna al segundo, como insumiso mastín del antiguo
régimen, mientras Raúl ensaya con la máscara de reformista, de lo cual
está extrayendo réditos, tanto a nivel doméstico como
internacionalmente.
Los expertos en las relaciones Cuba-EE UU dicen que la presión de
los países latinoamericanos y europeos por acabar con el aislamiento de
La Habana, sumado a los esfuerzos del Congreso por relajar las
sanciones a la Isla, así como el historial de resistencia de La Habana
frente a Washington, han llevado al gobierno de Raúl Castro a verse a
sí mismo en una posición muy desahogada.
En intramuros, las FAR se han convertido en el modelo empresarial a
seguir. Los propagandistas del régimen ven en ellas la salvación del
socialismo: "Hay otras fórmulas socialistas que sí han funcionado y que
se han aplicado con éxito en las empresas gestionadas actualmente por
el MINFAR. Fórmulas y métodos de gestión que implican más socialismo,
no menos".
Es evidente que esto supone el blindaje del régimen, al creer
firmemente que aún cuenta con una alternativa, que a pesar de los
riesgos que comporta su aplicación, podría salvarlo de la quema. De tal
modo, no siente la urgencia de dar ningún paso hacia la liberalización,
lo cual resulta además un formidable obstáculo para el avance hacia un
Estado de derecho. Las FAR, más allá de constituir el principal cuerpo
armado que preserva la seguridad del país, se han convertido en la
principal fuerza política y económica, sobre todo, porque al fin Raúl
Castro concentra todos estos poderes de manera unívoca.
En esta coyuntura, cabría preguntarse entonces: ¿los nuevos métodos
empresariales, trasvasados el resto de la economía, aumentarán la
lealtad y la cohesión de los militares en torno al poder y a Raúl, o
por el contrario fomentarán el individualismo, la codicia capitalista y la infidelidad hacia el nuevo padrino, convirtiéndose en elementos disolventes del antiguo régimen?
¿Son, entonces, los militares agentes de una reestructuración
económica, admitida a trámite por el propio Raúl el 26 de julio de
2007? ¿O, acaso, el ejército participa en la creación de una nueva
economía que debe preceder a la creación de una clase dirigente,
también nueva y más capaz, de cara a una hipotética y aún hoy lejana
transición?




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