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El cuento de la buena pipa

Mensaje por odioafifo el Vie Abr 17, 2009 12:10 pm



Publicado el viernes 17 de abril del 2009

JORGE FERRER: El cuento de la buena pipa


By JORGE FERRER

En 1960, la National Review publicó una viñeta que se mofaba del papel que tuvo el periodista Herbert Matthews en la ''invención'' de Fidel Castro, una idea que Anthony DePalma convirtió mucho después en título de libro magnífico. La viñeta parodiaba un anuncio de la sección de clasificados del diario neoyorquino en la que aparecían ciudadanos ordinarios junto a la leyenda ''I got my job through The New York Times'' (``Conseguí mi empleo a través del The New York Times''). En la recreación que publicó National Review era Fidel Castro quien aparecía junto al slogan para insinuar que debía su puesto de primer ministro del gobierno revolucionario a los afanes de Matthews.
Pese a la exageración implícita en la viñeta, lo cierto es que a lo largo del último medio siglo Fidel Castro se ha desvelado por transmitir a la opinión pública norteamericana una visión de sí mismo que seduzca al espectador, lo embobezca y, por decirlo así, lo fidelice. La seducción que ejerció sobre profesionales tan eficaces como Lee Lockwood, quien publicó la extensa entrevista que le hizo a mediados de 1965 en el libro Castro's Cuba, Cuba's Fidel, o Barbara Walters, a quien concedió varias entrevistas, son apenas dos hitos en una larga serie destinada a mimar al público norteamericano, transmitiéndole la idea de que el diferendo entre Cuba y los Estados Unidos se debe exclusivamente a la política de las sucesivas administraciones norteamericanas. Los cubanos, y el propio dictador, en cambio, serían fieles amigos del pueblo norteamericano, una concepción de pueblo, por cierto, que desconoce la condición de ciudadanos de quienes lo integran, los mismos que han votado a los gobiernos que La Habana repudia.
La última escenificación de esa estrategia ha sido la manera en que Fidel Castro se apareció a los tres miembros de la delegación del Black Caucus que visitó La Habana y fueron seleccionados para reunirse con él. Laura Richardson, una de las legisladoras elegidas para asistir a la mise en scène, ha dejado testimonio del primer bocadillo que pronunció Castro: ``Mientras se aproximaba, nos miró directamente a los ojos, y nos dijo: ¿Cómo podemos ayudar al presidente Obama?''
La pregunta, formulada en términos que no desvelan la identidad del sujeto --¿los cubanos?; ¿el gobierno de Cuba al que ya el inquiridor no pertenece?; ¿los hermanos Castro a dúo?; ¿los aliados en Latinoamérica a favor del levantamiento del embargo?; ¿él y los congresistas norteamericanos que le son favorables?-- ni mucho menos la finalidad de la ayuda ofrecida responde perfectamente a la misma estrategia cultivada con esmero por medio siglo, a la vez que coloca de lleno al viejo dictador en el centro del proceso de distensión entre los Estados Unidos y Cuba que se anuncia desde la campaña electoral que resultó en la presidencia de Barack Obama y que cobra cada vez más fuerza tras el reciente levantamiento de las restricciones a los viajes y el envío de remesas a que estaban sujetos los ciudadanos de origen cubano residentes en Estados Unidos y las iniciativas legislativas en marcha que podrían afectar la permanencia del embargo.
''¿Cómo podemos ayudar al presidente Obama?'' Sabedor de que el único servicio que puede prestar al levantamiento del embargo o la normalización de las relaciones comerciales entre Cuba y los Estados Unidos es el de mantenerse en el retiro al que lo obliga su enfermedad, Castro irrumpe en el centro del diferendo que ha alimentado desde 1959. Sabe también que el futuro de Cuba --como buena parte de su pasado-- está ligado a la relación con los Estados Unidos y se resiste a dejar en manos que no sean las suyas la suerte de ese nudo fatal.
Las menudencias quedan para Raúl; sentar las bases del futuro corresponde a quien ha hecho del enfrentamiento con los Estados Unidos el eje vertebral de su vida política. Todo se lo debe Fidel Castro a ese enfrentamiento y casi todo lo puede perder si Barack Obama se adueña de la iniciativa, como ya comienza a hacer con el levantamiento de las restricciones a viajes y envío de remesas. Por eso se ofrece a ayudarlo, a prestarle ayuda que nadie le requirió, que nadie le requerirá, porque ese vago ofrecimiento es en sí mismo un estorbo. Y sólo a quien estorba se le podrá pedir que ayude: marchándose o callándose. Entonces, otra vez, volvería a imponerse la eterna cantinela del cuento de la buena pipa, el entretenimiento predilecto de Fidel Castro.
Como en la serie de fotografías que Eddie Adams, el célebre fotógrafo de la guerra de Vietnam, tomó durante una cacería de patos con Fidel Castro, es el humo --siempre el humo-- la materia que envuelve y desdibuja el verdadero rostro del dictador cubano cuando se trata de presentarse a los Estados Unidos. El mismo humo que nubló la visión de los visitantes del Black Caucus, quienes ignoraron la situación de los opositores en Cuba, significativamente de algunos de raza negra y declarados seguidores de la prédica civilista de Martin Luther King.
Cualquiera que resulte ser el camino que tome el diferendo entre Cuba y los Estados Unidos en los próximos meses, conviene asegurarse de que no sea de fellow travelers como los recientes visitantes a La Habana de quienes provenga la visión de la política hacia Cuba que se espera de la administración Obama. Porque el aire viciado que estos tan a gusto respiraron en su reciente visita a los hermanos Castro no es otro que el de la atmósfera asfixiante que envuelve a la isla y sus habitantes.
www.eltonodelavoz.com

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