Secretos de Cuba
Bienvenido[a] visitante al foro Secretos de Cuba. Para escribir un mensaje hay que registrarse, asi evitamos que se nos llene el foro de spam. Pero si no quieres registrarte puedes continuar y leer toda la informacion contenida en el foro.
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Facebook
Anuncios
¿Quién está en línea?
En total hay 38 usuarios en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 38 Invitados :: 2 Motores de búsqueda

Ninguno

[ Ver toda la lista ]


La mayor cantidad de usuarios en línea fue 1247 el Jue Sep 13, 2007 8:43 pm.
Buscar
 
 

Resultados por:
 

 


Rechercher Búsqueda avanzada

Sondeo

Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

54% 54% [ 42 ]
42% 42% [ 33 ]
4% 4% [ 3 ]

Votos Totales : 78

Secretos de Cuba en Twitter

La Cueva de la llave: JJBenitez, para refrescar los temas

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

La Cueva de la llave: JJBenitez, para refrescar los temas

Mensaje por Invitado el Mar Abr 14, 2009 10:08 pm

Una «señal» de «Ab-ba»

Y llegó uno de los momentos culminantes en la vida terrenal del Hijo del Hombre: aquel verano del año 25 de nuestra era...

Jesús de Nazaret estaba a punto de cumplir treinta y un años.

Ésta es mi información: el Maestro sabe que su hora está próxima y decide retirarse, en solitario, a la falda del monte Hermón. Un domo de calizas jurásicas, coronado por la nieve y abrigado por los míticos y soberbios cedros del Líbano. La montaña sagrada, en la actual frontera entre
Líbano e Israel.


Y allí, en la soledad de los bosques, el Hijo del Hombre recupera «algo» que era suyo: la divinidad. En un proceso incomprensible para la mente humana, el Galileo «hace suya» la naturaleza divina. Ya partir de ese instante se transforma en un Hombre­Dios. Sus viejas dudas e incertidumbres desaparecen. Ahora, definitivamente, sabe quién es: uno de los grandes hijos de
«Ab­ba», el buen Dios.


Inexplicablemente, ese histórico momento en el Hermón fue nuevamente silenciado por los evangelistas. Tampoco consigo explicarlo. ¿No fue importante como para reseñarlo en sus escritos? ¿Se perdió o fue censurado? La cuestión es que ninguno de los escritores sagrados acertó a explicar en qué instante y en qué lugar se produjo el trascendental suceso del reencuentro de Jesús con su naturaleza divina.

Desde mi punto de vista -insisto-, uno de los momentos de mayor gloria en la vida terrenal del Galileo. Y los errores y tergiversaciones se suceden...

Las "tentaciones" ¿Fue tentado Jesús de Nazaret? Así lo cuentan los evangelistas. Sucedió después del bautismo en el río Jordán. Jesús se retira al desierto –dicen- y allí permanece durante cuarenta días, ayunando y en soledad.
Y el diablo se acercó hasta Él para tentarle.


Mi información no es ésa. Pero vayamos por partes...

El Maestro, efectivamente, acude al Jordán y es bautizado por su primo lejano, Juan el Bautista o el Anunciador. Era el 14 de enero del año 26 de nuestra era. Y, de inmediato, se aleja del río y de la gente que acompaña al Bautista, dirigiéndose hacia el este, en las proximidades de la ciudad de Pella (norte de la actual Jordania).

Primer error: Jesús nunca se retiró al «desierto». El lugar elegido, a cuatro kilómetros escasos de Pella, es una sucesión de suaves colinas, repletas de olivos y huertos.

Segundo error: tampoco ayunó. En esos cuarenta días y cuarenta noches bebió y se alimentó con la ayuda de los vecinos de la aldea de Beit-Ids, hoy desaparecida. El Maestro convivió con sencillos beduinos, y se refugió en una cueva próxima a la referida aldea.

Fue en esas colinas donde meditó y planificó las líneas maestras de su inminente vida pública. Fue allí donde tomó importantes decisiones sobre lo que debía hacer y lo que debía evitar en la
citada etapa de predicación. Pero los evangelistas, confundiendo tiempo y escenarios, crearon la fábula de las tentaciones.


Según mis fuentes, Jesús jamás fue tentado por el diablo. Al menos, no en ese lugar y como lo pintan los evangelios. Las «tentaciones» del Maestro fueron de otra naturaleza. Yo diría que más intensas y normales...

El suceso narrado por Mateo, Marcos y Lucas tuvo lugar cinco meses antes y en el referido monte Hermón. Pero no fueron tentaciones, como se ha dicho. Al recobrar la divinidad, uno de los seres
leales a Luzbel se presentó ante el Hijo del Hombre y le interrogó sobre su verdadera identidad y propósitos. Y se registró toda una lucha dialéctica. Los evangelistas, quizá, oyeron campanas, pero no supieron dónde...


Hermón, la montaña sagrada.

Y el Hijo del Hombre ofreció el perdón al rebelde, pero la oferta fue rechazada. Desde este instante, Jesús de Nazaret se convirtió en el verdadero Príncipe de este mundo. Pero los hechos, como digo, fueron silenciados.

Y ya que he mencionado la cueva en la que, según parece, vivió Jesús durante cuarenta
días, me resisto a pasar por alto una pequeña gran historia en la que me ví envuelto hace ya algunos años. Dado lo especial del «hallazgo» y mi precaria memoria, he preferido remitirme a lo relatado por mí mismo en el correspondiente «Cuaderno de campo». Entiendo que el presente paréntesis merece la pena y que el lector sacará sus propias e inteligentes conclusiones...


He aquí lo escrito en aquella inolvidable oportunidad:

Invitado
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: La Cueva de la llave: JJBenitez, para refrescar los temas

Mensaje por Invitado el Mar Abr 14, 2009 10:16 pm

Octubre de 1997

Vuelo en el Airbus A-130 de la Royal Jordanian. Despegue de Madrid a las 12 horas, 2 minutos y 20 segundos. Tiempo de vuelo estimado: 4 horas y 45 minutos. Hay tiempo de sobra para repasar el plan. Iván duerme. Blanca lee.

Veamos: ¿qué tengo? Muy poco... La investigación es casi imposible. Cuando lleguemos a Ammán
decidiré.


Blanca observa intrigada. No sabe qué escribo.

Pella (ruinas). Examinaré de nuevo las «pistas»: según la información proporcionada por mi
amigo, el mayor norteamericano, tras el bautismo en el Jordán, mi «socio» (Jesús de Nazaret) se dirigió a un lugar relativamente cercano y permaneció allí durante cuarenta días. Ubicación: al oriente de las citadas ruinas de Pella y a cosa de cuatro kilómetros.


Más «pistas»: «Jasón», en sus escritos, afirma que el Hijo del Hombre estableció su refugio en una gruta natural existente muy cerca de la aldea de Beit-Ids. «...La amplia caverna -dice- aparecía a corta distancia de un manantial». Y añade: «...una viga de madera, empotrada en la roca, le servía de...».


Se trata, por tanto, de hallar una cueva. Una gruta natural situada al norte de Jordania, a cosa de cuatro kilómetros al este de la antigua ciudad de Pella y muy próxima a una aldea llamada Beit-Ids. Junto a la cueva hay una fuente o manantial...

Me pregunto por qué termino embarcándome en estas aventuras «imposibles», ¿Encontrar la
cueva en la que vivió Jesús durante su retiro, después del bautismo? Nadie lo ha logrado. ¿Por qué tendría que conseguirlo este pobre soñador? Recuerdo el comentario de mi mujer cuando, tiempo atrás, le hice partícipe del tan increíble proyecto: «Estás loco. De eso, suponiendo que sea cierto, hace casi dos mil años... ¿Cómo vas a encontrarla?» Y recuerdo también mi respuesta: «Si
existe, daré con ella.» Fue una seguridad inexplicable. La misma que me acompaña ahora, en pleno vuelo hacia Jordania...


14 horas. Iván recibe la noticia. Me observa igualmente perplejo pero, como imaginaba, acepta encantado. Me ayudará a buscar la gruta. Tampoco sabe muy bien cómo, pero lo hará. Formula una sola pregunta: ¿por qué?


La respuesta es muy simple: creo en lo escrito por el mayor, pero, una vez más, debo cerciorarme. Necesito ver y palpar esa gruta, suponiendo que exista...


Blanca, experta conocedora de mis sueños y "locuras", asiente con la cabeza.


16.30 horas. Ammán, bañada de oro, nos recibe cálida y ruidosa. Hotel Jerusalén, habitaciones 513 y 514.

Primera reunión con los guías. Expongo mis objetivos. Mal asunto: ninguno de los jordanos ha
oído hablar de la aldea de Beit-Ids... Hay que buscar otros guías.


Por prudencia, silencio el asunto de Jesús de Nazaret. No debo rendirme. Mañana saldremos
hacia el norte.


Jueves, 2 de octubre (1997)

5.30 horas. Veo amanecer. Me siento inquieto. El sentido común se revuelve y me acosa: "No
podrás. Es absurdo. Esa cueva no existe.»


Pero algo sutil, intangible, tira de mí. Consulto los mapas por enésima vez. Vayamos por partes:
primero conviene localizar las ruinas de Pella, la antigua ciudad de la Decápolis. Por allí pasó Jesús. Después les tocará el turno a las colinas orientales.
Hay que «peinarlas» una por una...

7 horas. Llega Al Jabari Hamdi, nuevo guía. Se trata de un joven afable, discreto y culto.
Habla inglés, italiano y francés. Creo que ha comprendido mi arduo objetivo.
Agradezco la buena voluntad. A pesar de las evidentes dificultades, no ha protestado. Nos ayudará a buscar la remota y desconocida aldea de Beit-Ids.


8 horas. El termómetro marca 23 grados Celsius. Día soleado y radiante.

Al partir me pongo en las manos del Padre: «Que se haga tu voluntad.»

Conforme avanzamos en el descenso hacia el río Jordán crece el nerviosismo.

10 horas. Hamdi detiene el automóvil en las cercanías del río sagrado. Señala hacia el norte.
Las ruinas de Pella se encuentran a poco más de un kilómetro, escondidas entre un largo -casi interminable- amasijo de colinas calcáreas y desoladas. Tiemblo. El paraje es más extenso y complicado de lo que imaginaba...


«Una aguja en un pajar.»

No me rindo. Y comienza un fatigoso e inútil peregrinaje por la zona. Hamdi, en árabe, interroga a los lugareños.

¿Beit-Ids?

Nadie sabe. Y aldea tras aldea sólo cosechamos el más rotundo de los fracasos. Blanca me observa, compasiva. Puede que tenga razón. Quizá la aldea nunca existió. Quizá existió hace dos mil años. Quizá estoy loco...

Dos horas más tarde -peligrosamente confuso- dejo hacer al guía. Hamdi, impasible, opta por
lo más sensato: hacer un alto en el camino. Y asciende por las colinas al encuentro de Pella.


12 horas. A un paso de las ruinas se levanta un pequeño restaurante. Un café me tranquilizará.
Debo conservar la calma. Es curioso: a pesar de los pesares, el instinto me dice que la cueva existe. ¡Está ahí, en alguna parte! ¡La intuición!,
¿cuándo aprenderé a confiar en ella?


Miro a mi alrededor y me desespero. Las colinas al este de Pella, descritas por el mayor
norteamericano, ocupan una inmensa franja paralela al Jordán. Necesitaría meses para explorarlas en su totalidad...


Pero el buen Dios sigue atento. De pronto, como lo más "natural", se hace el «milagro». A las puertas del Rest House, de espaldas, aparece un hombre. Se encuentra regando un heroico corro de flores.

Hamdi toma la iniciativa y lo aborda. Conversan. No sé por qué pero, instintivamente, me acerco. El guía, sonriente, me presenta a Deeb Hussien, director del restaurante. Y añade eufórico: «¡Él conoce el lugar!»

Deeb habla inglés correctamente. No puedo creerlo. Blanca e Iván no reaccionan. Yo estoy muerto del susto...

¡Qué casualidad!

La aldea existe. Mejor dicho, existió en la antigüedad. Deeb sabe dónde están las ruinas y algo más: ¡sabe de una gruta, muy cerca de lo que fue la antigua población!


La llaman la cueva de la «llave», asegura. Y afable y curioso se brinda a guiarnos.

Dicho y hecho. No hay tiempo que perder. El providencial árabe se une a la expedición pero, a
los pocos minutos, en el abrupto sendero que nos lleva hacia el este, el guía y Hussien discuten. Algo no va bien...


Hamdi, finalmente, explica. Dado que la gruta en cuestión, al parecer, es de propiedad
privada, lo aconsejable -dice- es pedir permiso. Y lo aparentemente sencillo se complica. Olvido que estoy en un país árabe...


Confiemos en mi buena estrella.

No salgo de mi asombro. Durante horas asistimos a un cansino y desesperante peregrinaje por
los ayuntamientos de la zona. Es increíble: Hussien ha logrado convocar dos plenos. Uno en el pueblo de Kufr Awan y otro en Kufr Rakeb, muy próximos a Beit-Ids. Las discusiones son interminables. Alcaldes y concejales nos toman por buscadores de oro. Permiso denegado.


Intento explicarles. No comprenden. No aceptan la verdad. No admiten que sólo pretenda localizar y visitar una cueva. Estoy a punto de revelar que en esa gruta, quizá, vivió Jesús. Me contengo.


Alguien apunta una solución: acudir al Departamento de Antigüedades de Ammán y recibir la
pertinente bendición oficial. Me desespero. Hamdi -bendito sea- intercede inteligentemente. Quizá no sea preciso regresar a Ammán. A media hora de camino, en Kufr Alma, a orillas del Jordán, existe una delegación del referido Departamento de Antigüedades. Quizá el permiso pueda ser tramitado telefónicamente.


Nueva reunión. Los arqueólogos deliberan. Desconfían. Dudan. Me veo obligado a contarles parte
de la verdad. Blanca, ágil, echa mano de la mochila y muestra un ejemplar de Caballo de Troya.


¿Qué hace este libro en Jordania? Cosas de Blanca.

Los arqueólogos ojean el volumen. Comprueban la fotografía de la solapa -mi foto­ y aceptan,
con una condición: formar parte del grupo. Le guiño un ojo a mi mujer aunque, sinceramente, no sé si la presencia de los arqueólogos es algo bueno o malo...


15 horas. Un total de nueve personas -¡esto es increíble!- descendemos de los automóviles en
una zona próxima -dicen- a Beit-Ids.



Por más que busco, sin embargo, no encuentro un solo resto del citado asentamiento. En cuanto a los arqueólogos, parecen tan despistados como yo.

El rastreo por las colinas resulta inútil. Entre rocas y olivos hallamos tres o cuatro agujeros. Son pozos artificiales. Nada que ver con la gruta que busco. Conozco de memoria las palabras del mayor: «Una amplia caverna natural» Los pozos tienen bocas angostas y de difícil acceso. Nadie, en su sano juicio, elegiría estas cisternas como refugio. Aun así penetro en algunos de ellos. Nada. Sólo escorpiones.

Agotado y desanimado me dejo caer al pie de uno de los olivos. El resto del grupo se dirige hacia los vehículos. No comprendo. Los arqueólogos no tienen ni idea.

Y llega la sorpresa.

Deeb se acerca y me susurra: «La cueva de la "llave" está más arriba, más hacia el este...»

¿Me está tomando el pelo? El árabe se excusa. Dice que los arqueólogos no le han permitido hablar... De nuevo, el instinto. Le miro fijamente y Hussien sostiene la mirada. Está bien.
Le pido que tome el mando. Él conducirá al grupo. Los arqueólogos, humillados, no replican. Entramos nuevamente en los coches y partimos hacia algún lugar, en el este. Es inútil consultar los mapas. No sé dónde estoy...

Invitado
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: La Cueva de la llave: JJBenitez, para refrescar los temas

Mensaje por Invitado el Mar Abr 14, 2009 10:22 pm

Ha sido en esos instantes, al acomodarme en el coche, cuando -no sé muy bien por qué­ me dirijo
a los cielos y solicito una «señal». El buen Dios podría hacerme un pequeño
favor.


¿O no? Claro que sí...


El sentido común, sin embargo, protesta: «¿Una señal? ¡Qué ridiculez!»

Me fío de la intuición. ¡A la mierda la razón y la lógica!

Una «señal», sí, «algo» que confirme que la cueva de la «llave» es la «amplia caverna
natural» mencionada por el mayor.


Hamdi, al volante, avanza entre polvo y guijarros. El camino es infernal.

«Una señal... Pero ¿cuál?»

Los pensamientos se atropellan. «Debo darme prisa. Una señal...»

Y en mi mente aparece «algo» concreto, nítido. Me aferro a ello.

«Eso es. Si estoy en el buen camino, si la gruta en cuestión fue el refugio de Jesús de Nazaret durante su retiro de cuarenta días, en algún lugar -dentro o fuera- de la cueva aparecerá una cruz.»

La lógica se revuelve de nuevo: «¿Una cruz? ¿En un país musulmán?»

No le falta razón. Estas remotas y peladas colinas, al oriente del Jordán, no guardan relación alguna con los llamados «santos lugares». O mucho me equivoco o es la primera vez que alguien sitúa el célebre retiro del Hijo del Hombre en tierras jordanas. Los cristianos afirman que el monte de las Tentaciones se encuentra en las proximidades de Jericó, en Israel. Incomprensiblemente apuesto por el instinto.


«No importa. Más difícil todavía...»

Los vehículos siguen ascendiendo. Y en mi repentina locura trato de amarrar la «señal».

"Una cruz, sí, pero ¿cómo?, ¿dónde? ¿En piedra?, ¿en madera? ¿Pintada...?»

Poco importa. Sencillamente, una cruz.

Debo anotarlo. Por un momento, ese «Alguien» que siempre va conmigo me empuja a compartir la singular petición con Blanca e Iván.

«Aún estás a tiempo. Háblales.»

Sin embargo, el miedo al ridículo gana la partida. Y guardo silencio. ¡Pobre idiota!

Minutos más tarde nos detenemos. El sendero está impracticable. Imposible continuar. Salto del coche.

«¿Qué sucede? Mejor dicho: ¿qué me ocurre?»

Hussien señala a lo lejos y proclama: «¡La cueva de la "llave"!»

A doscientos o trescientos metros, en la falda de un pequeño valle, distingo una boca negra y
semicircular. Y en silencio, sin razón aparente, me despego del grupo, corriendo hacia la gruta.


"Una cruz... Una cruz en alguna parte...» Conforme me aproximo, «algo» frena la carrera. «Algo» inexplicable e inexorable. Al principio lo atribuyo al miedo. ¿Miedo al fracaso? No lo sé...

Sucede lo incomprensible. En lugar de entrar en la cueva, me detengo a seis o siete metros. «Algo», en efecto, ha captado mi atención. «Algo» situado a la izquierda de la boca de la gruta. Me aproximo, perplejo y nervioso. El corazón está enloquecido.


Y al contemplarlo palidezco.

Una cruz pintada en rojo sobre la chapa que cubre el manantial. La respuesta a la "señal"...

"¡Un manantial! ¡Un manantial a la izquierda de la cueva!"

El dueño del terreno lo ha protegido con una chapa de hierro, pero el rumor de las aguas es
inconfundible. Recuerdo el texto del mayor: «...Y muy cerca de la amplia caverna natural brotaba una fuente...»


¿Casualidad? Lo dudo...

Al principio, presa de la emoción, no reparo en otro «detalle».

Y ese «Alguien» magnífico y bondadoso que, sin duda, ha guiado mis pasos, solicita de nuevo mi
atención. Y lo veo. Al fin lo veo... «¡No es posible!»


Pero sí lo es: sobre la chapa de metal aparece una cruz.

«¡Una cruz pintada en rojo!»

Y tiemblo de emoción. ¿O fue el miedo? No hay la menor duda: esto es una cruz, perfecta y nítida. Una cruz sobre el manantial.

Me inclino y la acaricio. No estoy soñando. La fotografío. Y me pregunto: ¿nueva casualidad? Yo sé que no. Esto no es obra del azar.
Ésta es la señal.


¡Bendito seas!

El grupo me alcanza. Pasa de largo, penetrando en la cueva. Sólo Blanca, con su fino instinto, comprende que sucede algo especial. Sigo inmóvil (Blanca dice que pálido), con la vista
fija en la chapa de hierro. Mi mujer, prudentemente, no pregunta. Se lo agradezco en lo más
íntimo. Esos inolvidables segundos no son explicables con palabras.


Finalmente, despacio, me pongo en movimiento. Y me sitúo frente al arco de piedra de la cueva. Todo ha cambiado en minutos.

Lo que sólo era una sospecha, ahora es un convencimiento.

«¡Éste es el lugar! ¡Ésta es la cueva en la que mi "socio" se refugió durante cuarenta días! ¡La cueva del retiro!»

Dudo. Voy a pisar y a contemplar un lugar sagrado. ¡Él estuvo aquí! ¡Él durmió aquí! ¿Y quién soy yo? Retrocedo asustado. Pero la «fuerza» que siempre me acompaña me detiene.
Y escucho en mi interior: «¡Adelante!»

La cueva del retiro. Probablemente el lugar donde permaneció Jesús durante cuarenta días.

Iván, Blanca, Hussien y los arqueólogos jordanos me han precedido en la inspección de la gruta. Hamdi, muy cerca, me contempla sonriente. Y, respetuoso, consciente -supongo- de la importancia del «hallazgo», me cede gentilmente el paso. Desciendo muy lentamente por el breve túnel de tres metros que conduce a una «amplia caverna natural». El corazón
sigue loco.


Varias linternas colaboran. ¿Qué veo? Nada. La cueva está vacía y abandonada. Huele a humedad y a excrementos de murciélagos.

Poco a poco voy serenándome. Iván no deja de fotografiar. Su instinto es inmejorable.

Quince metros de longitud máxima por seis de fondo y tres de altura. No hay rastro de la
«viga de madera» mencionada por el mayor norteamericano.
No hay rastros de hombres o animales.

Sólo oscuridad y polvo.

Los nervios terminan traicionándome. Miro sin ver. Me niego a seguir tomando datos. No quiero medir. Sólo deseo sentir. Sentir.

Y el tiempo parece detenerse. Me siento en el fondo, sobre una roca. Inspiro profundamente
y dejo volar la imaginación. ¿O no fue la imaginación?


Lo veo con claridad. ¡Es él! Entra y sale de la gruta. ¡Es Jesús de Nazaret! Me mira y
sonríe...


Por fortuna, mi hijo Iván conserva la sangre fría y dispara las cámaras sin cesar.


El grupo, poco a poco, abandona la gruta. Me quedo definitivamente solo. Solo con mis
pensamientos y sensaciones...


De pronto -no sé cómo explicarlo- oigo de nuevo la «voz». Una «voz» cálida y susurrante:

«¿Deseas otra "señal"?».

Me resisto.

«¿Quién habla? ¿Me estoy volviendo loco?»

La «voz» insiste: «¿Necesitas otra "señal"?»

Y ocurre de nuevo. Ocurre «algo» imposible de evaluar. Esta vez no pienso, no calculo, no
establezco una «señal».


En realidad no hay tiempo. Y, sin más, sin poder explicar por qué, me inclino hacia el suelo de la cueva. Los dedos se hunden en la seca y esponjosa tierra. ¿Qué está pasando?

En la negrura, los dedos tropiezan con algo. Lo capturo. Es metálico, pero no veo, no distingo
su naturaleza. El corazón, sin embargo, me da un vuelco. Me pongo en pie y, desconcertado, me dirijo a la boca de la gruta. Al contemplarlo a la luz del atardecer vuelvo a palidecer.


«¡Dios santo!»

Y allí mismo, en el túnel, caigo de rodillas.

«¡No es posible!»

Mi mano -sin querer (?)- ha tropezado (?) con un enorme clavo.

«¡Nadie me creerá!»

Un clavo con una curiosa y significativa forma: ¡un clavo en forma de «J»!

Vuelvo a observarlo. Le doy vueltas y vueltas...

«¿"J" de Jesús?» ¿De nuevo la casualidad?
Por supuesto que no.

Y el «Ser» maravilloso que me habita –la «chispa» divina- sonríe como un cómplice.

Del resto de la estancia en las suaves colinas de Pella apenas recuerdo gran cosa. Tomé apuntes, sí, y exploré las ruinas situadas a corta distancia de la cueva. Unas ruinas que los arqueólogos identifican con la primitiva Beit-Ids, la aldea mencionada por mi amigo, el mayor de Caballo de
Troya.
Pero todo eso, a decir verdad, quedó en la sombra. Lo importante, para mí, fueron las dos «señales». Estaba claro: mi querido Maestro, mi Dios y Creador, Jesús de Nazaret, había estado allí. Y ésta era la primera vez que alguien fotografiaba la gruta. Todo un testimonio histórico...


Al examinar el clavo, arqueólogos y expertos coincidieron: se trata, casi con absoluta seguridad, de una pieza de origen romano. En otras palabras: del tiempo de Jesús. Pero convenía analizarlo con mayor rigor.

Respecto a la forma de "J", lo más probable es que obedeciera a la función realizada: algún tipo de sujeción. Por ejemplo -explicaron los especialistas-, el enclavamiento de una viga.

Y el texto del mayor sonó «5x5» en mi memoria (fuerte y claro): "...una viga de madera,
empotrada en la roca, le servía de...».


¿Casualidad? Me niego a aceptarlo.

Regreso a Ammán. En la soledad de la habitación contemplo de nuevo el increíble clavo y escribo: «Ningún científico podría convencerme. Nada de lo sucedido en las colinas de Pella es susceptible
de análisis racional. Más aún: ningún científico lo creerá. ¡Pues a la mierdalos científicos!
Yo sé que ha sido real...»

Invitado
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: La Cueva de la llave: JJBenitez, para refrescar los temas

Mensaje por Invitado el Mar Abr 14, 2009 10:30 pm

Aqui las fotos que dan mayor credito:



Hermón, la montaña sagrada.




Cruz pintada en rojo sobre la chapa que cubre el manantial. La respuesta a la "señal"...





La cueva del retiro. Probablemente el lugar donde permaneció Jesús durante cuarenta días



J.J. Benítez en el interior de la cueva



Clavo en forma de "J" encontrado (?) en la cueva del retiro.



Invitado
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: La Cueva de la llave: JJBenitez, para refrescar los temas

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 6:19 pm


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.