Secretos de Cuba
Bienvenido[a] visitante al foro Secretos de Cuba. Para escribir un mensaje hay que registrarse, asi evitamos que se nos llene el foro de spam. Pero si no quieres registrarte puedes continuar y leer toda la informacion contenida en el foro.
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Facebook
Anuncios
¿Quién está en línea?
En total hay 45 usuarios en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 45 Invitados :: 2 Motores de búsqueda

Ninguno

[ Ver toda la lista ]


La mayor cantidad de usuarios en línea fue 1247 el Jue Sep 13, 2007 8:43 pm.
Buscar
 
 

Resultados por:
 

 


Rechercher Búsqueda avanzada

Sondeo

Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

54% 54% [ 42 ]
42% 42% [ 33 ]
4% 4% [ 3 ]

Votos Totales : 78

Secretos de Cuba en Twitter

Con permiso del Señor Valladares

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Con permiso del Señor Valladares

Mensaje por PLACETA el Vie Feb 20, 2009 10:57 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 4
Muerte tras muerte
Trajeron otros prisioneros, para juzgarlos también. Eran los hermanos Bayolo, dos campesinos acusado de haber sustraído cartuchos de dinamita de las canteras de su pueblo natal. Los Bayolo no tenían abogado defensor; no les habían permitido establecer contacto con ninguno. Yo les prometí que si venía el mío le hablaría para que los defendiera. Pero ¿qué podría hacer él? ¿Cómo ayudarlos si ni siquiera conocía el caso? ¿Cómo podría organizar la defensa de reos a los que vería por primera vez diez minutos antes del juicio? El abogado que yo esperaba no asistió hasta más tarde, cuando ya habían llevado a los Bayolo, condenados a muerte.
Luego de una hora decidieron que el juicio no sería en éste, sino en otro edificio, el del Club de Oficiales. En aquel momento tres empleados de la Compañía de Teléfonos estaban siendo juzgados allí. Sólo Armando Rodríguez Vizcaíno salvó la vida; los otros fueron fusilados aquella misma madrugada. La esposa de uno de ellos, embarazada, lloraba sin consuelo. Fue la última escena que vi al salir.
Trece días habían transcurrido desde la madrugada en que fui sacado de mi hogar y llevado a la comisaría para hacerme unas preguntas. En ese corto tiempo la Policía Política preparó todo el proceso. En doce o trece días era materialmente imposible conversar a solas con el abogado que actuó mi defensa, y a él tampoco le permitieron acceso al sumario.
Sobre una plataforma de madera, una larga mesa en la que los miembros del tribunal charlaban entre sí, reían y fumaban tabacos que sostenían a un lado de la boca mordiéndolos al estilo de los matones. Todos vestían uniforme militar. Era uno de esos tribunales típicos que integraban de cualquier forma; estaba compuesto por obreros y campesinos.
Al comenzar el juicio, el presidente del Tribunal, Mario Taglé, subió las piernas encima de la mesa, cruzó las botas, se echó hacia atrás en el sillón reclinable y abrió una revista de muñequitos. A ratos se dirigía a los que estaban a su lado, les enseñaba algún pasaje de la historieta que había despertado su hilaridad y entonces reían juntos. En verdad, el prestar interés, aunque hubiese sido cortés, no era necesario, y ellos lo sabían. Las sentencias ya venían decididas y redactadas de la sede de la Policía Política. Se dijera lo que se dijera, se hiciera lo que se hiciera, la sentencia no variaría.
El fiscal inició el interrogatorio de Obregón acusándolo de ser un enemigo del pueblo. Luego le preguntó si me había conocido en la calle. La repuesta de Obregón fue negativa.
A Zoila le hizo la misma pregunta. Y obtuvo idéntica respuesta.
Ninguno me conocía. Nadie me acusaba de absolutamente nada.
El fiscal llamó al jefe del grupo que me detuvo en mi casa.
_¿Usted efectuó la detención del acusado?
_Sí, señor, y efectuamos un registro en su casa, pero no se ocupó nada...
_¡Cállese y no responda hasta que se le pregunte! _le gritó el fiscal, visiblemente molesto por aquella declaración que era muy beneficiosa para mí ante los ojos de los pocos espectadores militares presentes. A los familiares les estaba prohibido asistir al juicio y ni sabían cuándo se celebraría.
El abogado defensor de Obregón, el doctor Aramís Toboada, había sido compañero de estudios de Castro en la universidad y luego de graduados trabajaron en le mismo bufete. En una ocasión Castro pidió a Taboada que escribiera un libro sobre aquellos años. Debía ser una apología del dictador, una obra para engrosar la extensa producción dedicada al culto de la personalidad de Castro. Toboada fue dilatando la solicitud, y acabó en las cárceles políticas. Años después fue indultado, pero sólo por cierto tiempo. En 1983 fue nuevamente encarcelado, acusado de ser uno de los responsables de que filtrara al exterior la noticia de que cinco jóvenes sindicalistas iban a ser fusilados por intentar organizar un sindicato independiente al estilo Solidaridad, denuncia que generó una campaña internacional de protesta.
Toboada, al principio de los años 60, solía defender a presos políticos y tenía, por sus relaciones, muy buena información anticipada de las sentencias. Por él se conoció que no había penas de muerte en nuestro juicio. Ya esto significó un gran alivio.
El fiscal no pudo aportar una sola prueba en mi contra. Inició un monótono discurso acerca de la Cuba anterior a Castro, arremetió contra la explotación yanqui, habló de la prostitución u terminó diciendo que todos los acusados en aquella sala queríamos el retorno al pasado ignominioso del capitalismo explotador.
Me hizo dos o tres preguntas, en especial relacionadas con mis creencias religiosas.
_Entonces usted está de acuerdo con los curas esos que redactan pastorales contrarrevolucionarias.
_Yo no tengo nada que ver con eso.
_Pero las investigaciones dicen que usted tiene muchas relaciones con los curas y que estudió en un colegio católico.
Se volvió hacia el presidente del tribunal y le dijo que yo era un enemigo de la revolución y que había cometido los delitos de estragos y sabotaje y recitó un número de artículos que supuestamente se referían a las sanciones que yo merecía.
Ni entonces ni después, porque durante 20 años lo seguí preguntando, ninguna de las autoridades pudo decirme dónde cometí un delito de estragos. Se llama así a los destrozos que ocasiona una bomba, un incendio, un acto cualquiera de sabotaje. Son algo concreto, visible, palpable. Le pregunté al fiscal dónde, en qué fábrica, en qué establecimiento, en qué fecha. No pudo responderlo, porque nunca hice nada parecido.
Es como si a alguien que estuviera acusado de asesinato y preguntaran al fiscal a quién había dado muerte, éste le respondiera que no sabía; y si indagara por el cadáver, le respondiera que no había cadáver. Algo así como haber dado muerte a un fantasma.
Ningún tribunal en un régimen de derecho me hubiese podido condenar. No hubo un solo testigo que me acusara, no hubo quien me señalara. Sin una sola prueba fui condenado por la equivocada convicción de la Policía Política.
No fue ni caso una excepción. Otro de los más conocidos fue el del doctor Rivero Caro, abogado. No ha olvidado nunca las palabras del interrogador de la Policía Política, Idelfonso Canales, que visiblemente enojado por no lograr arrancar ni con torturas una confesión al detenido, le dijo claramente:
_¿Sabe usted qué es lo que lo pierde? Su mentalidad de abogado. Usted está contemplando su situación con mentalidad de abogado, y se equivoca. Mire, lo que usted declare en el juicio no importa; las pruebads que usted aporta tampoco importan; lo que diga su abogado, lo que usted alegue o proponga, no importa; lo que diga el fiscal y las pruebas que presente, no importa; lo que piense el presidente del tribunal tampoco importa. Aquí lo único que importa es lo que diga el G-2.
En la causa número 4-6 de 1961, en la que estaba encartado Jorge Gutiérrez, los abogados de oficio tuvieron acceso al sumario dos horas antes del juicio. El fical conocía que había dos penas de muerte. A uno de los abogados, por el poco tiempo que tenía, se le hacía materialmente imposible leer los documentos y le preguntó al fiscal, antes de comenzar el juicio, si existía alguna posibilidad de modificar la petición de pena de muerte. El fiscal le repondió que ninguna, que la orden de fusilarlos a las 9 ya estaba dada, que fuera tramitando todo el papeleo de apelación para cubrir la forma.
En algunas ocasiones, los presos que tenían relaciones con abogados muy cercanos a la dirección de la Policía Política podían saber, antes de la celebración del juicio, la sanción que recibirían en el tribunal. Fue precisamente un contacto como éste el que permitió a la anciana madre del comandante Humberto Sorí Marín saber que su hijo, uno de los hombres cercanos a Castro, iba a ser fusilado, acusado de conspiración.
Irónicamente, Sorí Marín había sido el autor de una conocida ley mediante la cual fusilaron a decenas de partidarios del dictador Batista en los primeros meses de 1959. La mañana que Sorí Marín entró al patio de La Cabaña fue quizá el momento más difícil de su vida. Había allí una galera de hombres que esperaban ser fusilados en virtud de aquella ley y de su personal petición de pena máxima, y muchos otros ya habían caído frente al paredón. Por eso su asombro no tuvo límites cuando uno de aquellos condenados a muerte le tendió la mano y le dijo:
_Doctor, siéntase usted entre amigos. De esa reja hacia adentro todos somos compañeros.
Era el ex comandanate Mirabal, antiguo jefe del Servicio de Inteligencia Militar y uno de los participantes del golpe de estado dado por Batista el 10 de marzo de 1952. Llevó a Sorí a la galera, le buscó una cama, le obsequió uno de sus mejores tabacos y le dijo simplemente:
_¡Que Dios nos ayude, doctor!
Sorí Marín fue uno de los más estrechos colaboradores de Castro. Luchó junto a él en las montañas y formó parte de su Estado Mayor. Hizo y firmó la ley de Reforoma Agraria. En los primeros mese del triunfo revolucionario, estos lazos se anudaron más todavía. Castro solía almorzar algunas veces en la casa de Sorí Marín, atraído por la excelente cocinera que era la madre de éste. Por eso, la señora Marín, cuando supo que su hijo iba a ser fusilado, transida de dolor fue a ver a Castro. El encuentro fue dramático. La anciana se abrazó llorando al líder revolucionario, que le acariciaba la cabeza venerable.
_Fidel, te lo suplico... que no maten a mi hijo, hazlo por mí...
_Cálmese..., a Humberto no le pasará nada, se lo prometo.
Y la madre de Sorí Marín, loca de alegría, todavía con los ojos llenos de lágrimas, besó a Fidel y se marchó corriendo a comunicar a la familia que lo había logrado. Ella tuvo esperanza en que lo perdonaría, ¡habían pasado tantos peligros juntos!, ¡habían compartido tantos sinsabores y angustias! Aquel pasado común no podía olvidarse así como así.
La noche siguiente, por orden expresa de Castro, Humberto Sorí Marín fue fusilado.
Los hombres que lucharon con Castro para establecer la democracia fueron engañados; algunos huyeron del país, otros volvían a empuñar las armas o participaban en planes conspirativos. Ya los oficiales y policías del régimen depuesto, a los que acusaron de delitos criminales que no fueron comprobados en muchos casos, habían sido fusilados. Eran los días aquellos en que un grupo de señoras, vestidas de negro, penetraba en las galeras aguzando la vista, escrutando los rostros... bastaba que una de aquellas mujeres levantara el índice para acusar a alguien...
_¡Ese... ése fue el que mató a mi hijo!
Aquel testimonio, sin otra comprobación, era suficiente. El preso era fusilado. Esta situación se prestó a venganzas personales, sin ninguna vinculación real con hechos criminales. En los primeros días de enero, el 21 exactamente, Castro, en una manifestación frente al Palacio Presidencial, declaraba:
_Los esbirros que estamos fusilando no van a pasar de 400 _pero muchos más habían caído ya frente a los pelotones en aquellos días de barbarie y de muerte.
El día 12 de enero, en el campo de tiro situado en un pequeño valle llamado San Juan, en el extremo de la isla, en la provincia de Oriente, cientos de militares del derrotado ejército de Batista fueron metidos hasta las rodillas en una zanja de más de 50 metros de largo, las manos atadas a la espalda, y ametrallados allí; luego, con máquinas bulldozer, cerraron la zanja. No les habían celebrado juicio siquiera. Muchos de aquellos soldados eran jovencitos que entraron en el ejército por apremios económicos. Aquellos fusilamientos fueron ordenados y presenciados por Raúl Castro. Y no se trató de un hecho aislado; otros oficiales de las guerrillas de Castro fusilaron masivamente a los ex militares, sin juicio, sin que existiera contra ellos cargo alguno, únicamente como una operación de represalia contra el ejército derrotado.
Contaban los que estaban en La Cabaña desde los primeros días del 59, que cuando en el rastrillo aparecía una de aquellas comitivas de mujeres, algunos se escondían bajo las camas. Fue muy conocido el caso de una madre que señaló al supuesto asesino de su hijo. Lo ejecutaron a las pocas horas, pero al día siguiente el hijo, sano y salvo, llegó de Venezuela, donde estaba exiliado sin que su madre lo supiera, y se apareció en la prisión, horrorizado por la idea de que habían matado a un inocente.
En las galerías once, doce y catorce habían agrupados a los más disímiles personajes: estaban allí los oficiales del ejército de Batista y los revolucionarios que los habían vencido. Muchos de aquellos ex castristas murieron por las mismas leyes que habían dictado para fusilar a sus enemigos. Estaba David Salvador, dirigente del Movimiento 26 de julio y ex secretario general de la Confederación de Trabajadores de Cuba, muy conocido, además de por sus méritos revolucionarios, por su radicalismo. Fue él quien en un mitin, al comienzo del proceso revolucionario, arrebató el micrófono al ex presidente de Costa Rica, José Figueres, cuando éste señaló que en un conflicto armado entre Estados Unidos y Rusia, Latinoamérica formaría al lado de los norteamericanos. Fidel estaba en la tribuna y aquel gesto del jefe del movimiento obrero le hizo sonreír con simpatía. No obstante, unos meses más tarde David Salvador era condenado a treinta años de cárcel por contrarrevolucionario.
La maquinaria de la revolución no se detenía y, como Saturno, devoraba a sus propios hijos. Pero en aquella población carcelaria tan heterogénea, formada por banqueros, estudiantes, ex militares de uno y otro bando, obreros, campesinos, había algo que los unificaba a todos, un principio de identidad más poderoso y decisivo que las viejas discrepancias: todos llevaban una P negra en la espalda y eran las mismas bayonetas las que los acosaban y herían, y los mismos fusiles los que aguardaban para fusilarlos.
Si algo caracterizaba aquellas épocas difíciles era la camaradería, el compañerismo. Quizá se producía algún encono aislado cuando llegaba un revolucionario que había sido el fiscal que acusó a alguno de los que estaban allí, o le pidió la pena capital, o el que lo detuvo; pero, en general, eso sucedía poco. Rejas adentro se despertaba el espíritu de solidaridad frente al común opresor: los comunistas.
Guillermo Díaz Lanz era hermano del primer jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria, que escapó a los Estados Unidos a los pocos meses del triunfo revolucionario y desde allí combatía a Castro. Para Guillermo ese parentesco constituyó un delito. Lo condenaron por ser hermano del "traidor" Pedro Luis Díaz Lanz, sólo por eso. Guillermo era un magnífico pintor, muy completo, que manejaba con destreza la técnica del retrato, la caricatura, el paisaje o el diseño. Una mañana, sobre el pedazo de pared encima de la reja del fondo, escribió un pensamiento de José Martí, el Apóstol de la independencia cubana:
Asesino alevoso. Ingrato a Dios. Enemigo de los hombres el que so pretexto de dirigir a las nuevas generaciones les enseña un cúmulo absoluto de doctrinas extrañas y les predica al oído, antes que la dulce plática del amor, el evangelio bárbaro del odio.
En el recuento de la tarde el oficial de recorrido vio el pensamiento. Al día siguiente la guarnición irrumpió en la galera. La alusión a Castro era clara. Un pensamiento de Martí no podía ser subversivo. Al menos Guillermo lo había creído así; pero se equivocaba. Le obligaron a borrarlo y se lo llevaron a las celdas de confinamiento solitario; al salir del rastrillo descargaron varios bayonetazos en su espalda.

PLACETA
VIP

Cantidad de mensajes : 5781
Edad : 57
Valoración de Comentarios : 1111
Puntos : 3420
Fecha de inscripción : 07/01/2007

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Con permiso del Señor Valladares

Mensaje por PLACETA el Vie Feb 20, 2009 10:58 pm

* * *
Eran las tres de la madrugada aproximadamente cuando el grito de: ¡REQUISA! dado desde las galeras más cercanas al rastrillo nos despertó a todos. Casi al instante el patio se llenó de guardias, pero no abrían las rejas. La situación era extraña. Los militares seguían frente a las galeras. Cuando abrieron y dieron la orden de salir comenzaron los golpes; pero no entraron, golpeaban afuera. Uno de nosotros, Goicochea, anciano de 78 años que casi no podía caminar, fue empujado, cayó al suelo y se fracturó el fémur.
Con el terror y la angustia que me producían las requisas olvidé mi reloj al salir, el cual guardaba dentro de un zapato al acostarme. Sacarlo en las requisas era una medida que tomábamos siempre los que teníamos reloj. Ahora con toda seguridad lo perdería. Y si el preso ser atrevía a reclamar, los militares lo consideraban como una acusación de ladrones. Perdería seguro el reloj, que había sido un regalo de mi padre.
Nadie levantó a Goicochea; pasábamos por su lado huyendo de los golpes y tratando de no pisotearlo. Corríamos hasta la pared de enfrente, donde nos agrupábamos siempre bajo los gritos de los guardias que allí nos esperaban armandos de fusiles con bayoneta calada. En aquella requisa, como en algunas otras, estaban presentes pelotones de la Policía Nacional Revolucionaria, que colaboraban con la guarnición de La Cabaña. Esta vez había un propósito especial: el Gobierno revolucionario había iniciado meses atrás una campaña de recaudación de fondos para la compra de armamentos. La consigna del propio Castro a principios de 1959: "¿Armas para qué?", había quedado en el olvido y predominaba ahora el afán de armarse... El Gobierno había pedido al pueblo que contribuyera con dinero y con joyas: anillos, pendientes, cadenas de oro... Todos los presos fueron despojados de los relojes, las cadenas, los anillos de bodas. Uno a uno, al ir entrando a las galeras, completamente desnudos, les quitaban sus prendas. Los oficiales gritaban animando el despojo:
_¡Arriba, ustedes también tienen que contribuir a la compra de armas y aviones! _si alguno se atrevía a no entregar una prenda era, ademas, golpeado... Mi reloj había quedado dentro de los zapatos, donde lo guardaba todas las noches. Con toda seguridad lo habían encontrado en el registro de la galera.
En un maletín de lona habían ido colocando las prendas. Cuando regresamos a las galeras, un revoltijo de ropas y artículos personales llenaba el pasillo. Ya seguros, sin la presencia de los guardias, los prisioneros descargaban su indignación acusándolos de ladrones. Cuando recogí uno de mis zapatos bajo la litera, me sorprendió encontrar el reloj, que había escapado a la requisa. Y sentí miedo. Miedo a tener conmigo aquel reloj que me pertenecía. ¿Qué hacer ahora? ¿Y si la guarnición interpretaba que se lo había ocultado? Podían sentirse burlados, desafiados. ¿Qué hacer, Dios mío? Me quedé allí, con el reloj en las manos, como atontado, mientras algunos a mi alrededor lo miraban incrédulos y preguntaban:
_¿Cómo pudiste pasarlo...?
Me embargaba la preocupación de tener mi propio reloj. Tenía que ocultarlo como si lo hubiera robado. Pasó por mi mente la idea de ir a la puerta, llamar al escolta y entregarlo buenamente, luego de explicar lo sucedido. Así me evitaba represalias; pero me pareció un proceder flojo, débil y hasta mezquino, que me hacía sentir mal conmigo mismo. Decidí no hacerlo y creo que, de alguna forma, fue aquella decisión la que sentó definitivamente mi comportamiento futuro. Actuaría siempre en armonía con mis criterios, porque serían más soportables las represalias que las censuras y reproches de mi propia conciencia.

PLACETA
VIP

Cantidad de mensajes : 5781
Edad : 57
Valoración de Comentarios : 1111
Puntos : 3420
Fecha de inscripción : 07/01/2007

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.