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Entre el miedo y la esperanza

Mensaje por freedom of expression el Lun Nov 03, 2008 12:15 am

Diario Las Americas (11-01-2008)


Entre el miedo y la esperanza


[size=16]Por el Rev. Martín N. Añorga

En muchos otros lugares de Estados Unidos existe un sentimiento de euforia ante la probable victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales del próximo martes; pero no en Miami, al menos en los círculos en los que yo me muevo.
Hay
dos actitudes que jamás deben asumirse en la política: la de creer que
la victoria está tan asegurada que sobran los esfuerzos, y la de creer
que la derrota es tan evidente que nada puede hacerse para evitarla.
Podemos anticipar imaginariamente de una u otra manera los resultados
de una elección; pero el veredicto final está en las urnas. De aquí que
la lógica nos indique que debemos mantener la lucha hasta el minuto en
que se cierre el último recinto electoral; pero muchas personas en
Miami le han cedido al miedo el puesto que merece la esperanza.

Para
entender la posición casi apocalíptica sobre Barack Obama de los
cubanos, y ahora de los venezolanos que hemos tenido que dejar nuestro
suelo para vivir como exiliados, hay que reflexionar sobre nuestras
experiencias. Líderes políticos carismáticos nos hablaron de cambio, y
lo que hicieron fue destruir valores y logros para implantar regímenes
abusivos y dictatoriales en los que la libertad fue convertida en
cadenas y pisoteados impunemente los más elementales derechos humanos.
Cuando Obama habla de cambio no explica específicamente qué es lo que
se va a desechar y qué es lo que se va a implementar. Es como si
solicitara un cheque en blanco, firmado con nuestro voto y sin que
sepamos la cantidad que se pondrá al cobro.

Obama
habla del reparto de las riquezas. Esa promesa no significa poner a los
pobres al nivel de los ricos, sino a los ricos en el nivel de los
pobres. La igualdad socialista que se basa en la supuesta equidad de
los bienes, desconoce que hay diferencias de talento, preparación,
inventiva y trabajo en determinados seres humanos que logran escalar
posiciones a las que no todos podemos llegar. Quitarle al que
aparentemente tiene de más para darle al que tiene de menos no es una
práctica que elimina la pobreza, sino una manera de hacerla permanente.
Al que se le da lo que no ha ganado se le acostumbra a depender de la
dádiva. Ese ha sido, lamentablemente, el caso de Cuba.

Otra propuesta que asusta a los cubanos es la que involucra un cambio en los símbolos patrios. Hablar de que la Constitución necesita reformas es la misma teoría que usó Castro para aniquilar la identidad democrática del pueblo cubano, y es el mismo tema que esgrimen Chávez, Morales, Correa y Ortega
para atrapar el poder de por vida. Aludir a cambios en el Himno o en la
Bandera es ultrajar la memoria de los héroes que nos han legado la
patria. Probablemente Barack Obama no llegaría jamás a estos extremos;
pero la forma en que ha esbozado su proyecto político hace palidecer de
miedo a los que hemos sido víctimas del comunismo.

Algo
que para los pueblos que han caído en la órbita inhóspita del
socialismo es amedrentador es la aparición de líderes cuyo futuro no
pueda medirse por los logros del pasado. Castro era un aventurero antes
de alcanzar el poder. Se le extendió una confianza sin fundamento y se
ha pasado medio siglo hostigando al pueblo que le recibió con brazos
abiertos. Chávez era un soldado golpista que se vendió como un
demócrata dispuesto a reparar errores, y ha devenido en un seudo
dictador vulgar, sin modales ni sentido del límite. Morales en Bolivia
era un líder de los cultivadores de coca, y de los campos vino al
gobierno convertido en vasallo de los dólares chavistas. Ortega, un
abusador sexual, dueño a la fuerza de fortunas ajenas, por medios
fraudulentos se ha hecho dueño del poder en Nicaragua y está llevando a
su país a la sima de la pobreza. Los que hemos sido víctimas del engaño
de los que se llaman socialistas desconfiamos de los que se aparecen en
la palestra pública sin un expediente que los recomiende. Por eso nos
asusta que un senador con 142 días en la Cámara Alta quiera mudarse
para la Casa Blanca.

Tengo
amigos que simpatizan con Barack Obama y tildan de ridícula la
preocupación de los que hemos probado el sabor amargo del comunismo. Me
aseguran que alrededor de Obama se han tejido invenciones y calumnias y
que se han tergiversado maliciosamente sus expresiones políticas.
Cuando les he preguntado cuáles son los méritos del candidato demócrata
más allá de la elocuencia de sus promesas, los he puesto en aprietos.
De Obama hay que confiar en lo que dice que hará, pero esa confianza no
puede sustentarse en lo que ha hecho. Y eso, para nosotros los cubanos
de mi generación, es algo que hay que tomar muy en serio.

Una
señora, ya de cierta edad, me preguntó nerviosa qué sucederá en Estados
Unidos si Obama sale electo presidente. Mi respuesta fue que se
produciría un trascendente hecho histórico, ya que se trataría de la
primera persona de la raza negra que escala la Primera Magistratura de
la nación. En mi fuero interno creo, sin embargo, que las propuestas de
cambios que sustenta Obama, no prosperarían en el sistema de gobierno
de los Estados Unidos. No obstante, en política exterior tendríamos a
un presidente inexperto que cree que por el camino de la diplomacia
pueden borrarse las discrepancias que nos separan de nuestros enemigos.
Un presidente pacifista que haría vulnerable a los Estados Unidos ante
el belicismo de los que nos odian. En el orden personal temo más a lo
que haga Obama más allá de nuestras fronteras que lo que pueda hacer
intramuros. Eso, debo aclararlo, no me exime de entender el miedo, y
hasta compartirlo, de mis compatriotas que azuzados por dolorosas
experiencias pasadas miran a Obama con una escrutadora óptica de
desconfianza.

Lo
cierto es que no podemos cancelar la esperanza de que John McCain sea
el presidente electo. El miedo a la derrota es una derrota en sí. La historia
nos demuestra que no siempre el candidato que marcha al frente en las
encuestas es el que obtiene la victoria. Se gana por el voto, no por
las estadísticas.

Ahora
bien, ya sea Obama o McCain la persona que ascienda a la presidencia
del país, nuestro deber ciudadano es aceptar la palabra final de las
urnas e invocar el favor de Dios para el ganador. Orar por América,
poner sus conflictos en las sabias manos de Dios y luchar porque los valores espirituales
prevalezcan, es deber de todos los que hemos llegado a esta tierra
acogedora, donde se nos ha dado el techo del que nos despojaron en la
nuestra.

Después
del 4 de noviembre desechemos el miedo y amparémonos bajo el claro
cielo de la esperanza. Seamos “una nación bajo Dios”, y dejado atrás el
fragor de la competencia, unámonos como hermanos para que América siga
siendo el faro que ilumine los caminos del mundo.

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