Secretos de Cuba
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“”” RAÚL HERNÁNDEZ SAYAS, UN CAPITANAZO.”””

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“”” RAÚL HERNÁNDEZ SAYAS, UN CAPITANAZO.”””

Mensaje por EstebanCL el Sáb Nov 01, 2008 7:08 pm

“”” RAÚL HERNÁNDEZ SAYAS, UN CAPITANAZO.”””



No recuerdo exactamente si compartía la fama de aquel reducido grupo de capitanes de la marina mercante cubana conocidos como “Los siete hombres de oro”. Cuenta la leyenda que un día, Castro los captó en la Universidad de La Habana para que ingresaran en la naciente flota mercante. Algunos de ellos se destacaron por su mala fama y llegaron a ser detestados por las tripulaciones que comandaron.

Raúl fue todo lo contrario, nunca llegó a disfrutar fama alguna, creo más bien fue condenado al ostracismo que impone las bajas pasiones y el modelo de hombre nuevo que se venía fabricando. Poseía una vasta cultura que resultaba anacrónica a su tiempo y medio donde giraba. Moderado al hablar, medía cada palabra expresada con ausencia de esos gestos tan escandalosos y familiares entre cubanos. Refinado y elegante en su vestir, lo convertían en presa fácil de envidiosos y frustrados soñadores que un día pretendieron ver a todo un pueblo uniformado. Amante de la música culta, era inadmisible para oídos enfermos escucharlo cantar cualquier pieza de ópera con su magnífica voz de tenor. Aún así, sus verdugos le solicitaban algún número en cualquiera de aquellos actos que se realizaban para celebrar alguna tontería. Alto, bien parecido, culto, reservado, limpio y organizado, reunía todos los méritos requeridos por el vulgo para ser condenado a las más injustas acusaciones, y por supuesto, no faltaron aquellas insinuaciones que lo señalaran como homosexual. ¡Claro!, utilizando la palabra que siempre afloraba por ley natural de la vida en la boca de un marino de aquellos tiempos.



Fui subordinado suyo en dos oportunidades, la primera como timonel del buque Jiguaní y la segunda como tercer oficial en el mismo barco, guardo excelentes recuerdos de aquel hombre en ambas etapas muy bien diferenciadas. En la primera, solo acudía a expresiones que no se apartaban del vulgo cuando deseaba expresar asombro o admiración. En la segunda, aquellas expresiones fueron variando y adquirían valoraciones técnicas concernientes a la profesión. En ambos casos, no puedo dejar de reconocer que Raúl fue de aquellos buenos profesores con los que conté en mi vida de marino.



El marino pierde la noción del tiempo, no habla de meses o años, se refiere a él por viajes sin considerar o darle importancia a la duración de los mismos. No tengo una noción exacta del tiempo que estuve bajo su mando, pero mientras eso ocurría, nuestra flota era contaminada por la mediocridad contra la que Raúl se mantuviera muy bien vacunado. Sus tiempos fueron de gloria y no volvieron a repetirse, creo más bien que desaparecieron. Tiempos de hombres y navegantes que vi esfumarse con pena.



Lo recuerdo parado en el puente estudiando todo un campo de hielo con los binoculares. Cerca de nosotros, una decena de buques al pairo esperando por alguien que decidiera romper la inercia. -¡Media avante, timón a la vía! Ordenó con esa serenidad casi solemne que lo identificaba mientras se ajustaba los lentes y salía hasta el alerón de estribor. El buque comenzó a moverse en demanda de una profunda barrera blanca, pocos minutos después, toda la nave era estremecida por un golpe seco que hizo crujir cada una de sus cuadernas. Enormes planchas de hielo con más de treinta metros de diámetros eran partidas a nuestro paso y en la medida que avanzamos, quedaba tras nosotros una especie de trillo que muy pronto fue tomado por aquella caravana de barcos. La nueva aventura se extendió durante más de ocho horas, tiempo durante el cual, Raúl no se apartó de su puesto de mando y me traía a la mente el recuerdo de aquellos viejos capitanes que se hundían con su nave. Durante la noche se encendió el potente reflector que teníamos en la cubierta del magistral y se esquivaba con antelación aquellos trozos de hielo que sobresalían por su altura. El avance fue lento y la nave sometida a fuertes sacudidas que impedían conciliar el sueño para los que estábamos de descanso. Otra vez en el puente, solo se escuchaba aquella voz serena que infundía valor, ¡quince grados a estribor!, ¡timón a la vía!, ¿rumbo?, ¿cuál es la distancia al buque que tenemos por la popa?, ¡primero, obtenga posición por el radiogoniómetro! Temprano en la mañana habíamos vencido aquella gran barrera de hielo y navegábamos tranquilamente por las aguas del Golfo de San Lorenzo en demanda del río con el mismo nombre que nos llevaría hasta Montreal.

¡La verdá, caballero, el tipo es un cojonú! Dijo alguien en voz alta mientras desayunábamos y aquella espontánea expresión fue seguida de una larga estela de comentarios a su favor.



Lo recuerdo seguido de su perro Rinti por todas las cubiertas del barco, su fantasma anda de la derrota al puente en esa nave fantástica de mi mente, escuchando siempre y ordenando en voz baja. Llega hasta el radar y después se dirige a la mesa de ploteo, comprueba la posición del buque y dice algo, su perro lo sigue en cada movimiento y no permite que te acerques, es su rabioso guardaespaldas. Una avalancha de mujeres abordan la nave en Valparaíso y muchas de ellas se disputan un minuto junto al capitán, no le dejan un minuto tranquilo, no le ceden tiempo para seleccionar, se marcha con una. Se rebobina la cinta y los comentarios cambian, así marchaba la vida, se mantiene esa estrecha conexión entre un pene, una vagina y la moralidad exteriorizada de cualquier ser humano. ¡Es hombre! Gritaron muchos.



-¿Puedes subir al palo mayor del barco? Me asombró su pregunta, era un ejercicio diario que siempre realizaba junto a Febles cuando terminábamos de trabajar. Ambos competíamos subiendo a mano limpia por los obenques del palo hasta la cruceta del mismo, lo hacíamos para divertirnos y divertir a los demás que se dividían en apuestas. A mano limpia descendíamos también después de vencer más de veinte metros de altura y desafiar también los pequeños bandazos producidos por el barco en su marcha. Tenía razones para asombrarme, era de noche y nos encontrábamos sufriendo los efectos de una fuerte turbonada tropical.

-¡Claro que puedo! Le contesté algo asustado.

-Necesito que lo hagas.

-¿Cuándo?

-¡Ahora!

-¿Ahoooooora? Tú estás loco, mira como está el tiempo.

-Ahora es que lo necesito y quisiera que te buscaras a alguien que suba contigo.

-¡No joda, capitán! ¿Qué carajo pinto yo en ese palo a esta hora? Discúlpeme, pero esto es una locura.

-Necesito que subas con otro hombre y con un palo de escoba traten de hacer girar la antena del radar.

-¡Ñoo, tremendo numerito el suyo! ¿Y eso por qué?

-Se rompió el motor del rotor de la antena y los Prácticos no quieren salir. Si probamos y funciona, podemos entrar y dormir tranquilos. Si no resulta estaremos condenados hasta mañana o pasado, todo depende del estado de la mar. Tuve deseos de hablarle sobre la entrada a la bahía de Nipe, pero consideré ridículo exponer mis simples criterios de marino ante un capitanazo de su talla. Esmildo Rodríguez fue mi compañero de aventuras, hace muchos años vive en Miami y tal vez no recuerde ese pasaje de su vida o no tenga con quien compartirlo. Una vez en la cruceta del palo mayor nos amarramos a la barandilla y probamos hacer girar la enorme antena del radar. Entramos esa noche bajo los embates de aquella fuerte turbonada y dormimos tranquilos con cuatro grilletes de cadena fondeadas.

-¡El tipo es un cojonú! Volvió a repetir el mismo marino aquella mañana en el comedor y luego continuaron todos los análisis de pasillos. No existían dudas, lo era de verdad y eso lo comprendí cuando me hice oficial.



Unos años después me tocó navegar con Raúl hasta el Báltico, lo hicimos en el mismo buque con un solo radar y cartas náuticas sin actualizar. Las guardias estaban organizadas de tal manera que siempre habían dos oficiales en el puente, el capitán cubriría una guardia de cuatro horas con el tercer oficial. Él se dedicaría a maniobrarle a los barcos y yo tomaría posiciones por medio del radar y radiogoniómetro, no teníamos otros equipos. El primer oficial y el segundo nos relevarían en esas funciones durante el tiempo que consumiera la navegación hasta Polonia. Daba gusto navegar con personas de la competencia de aquellos oficiales, se aprendía mucho y se adquiría un sentimiento de seguridad total, eran verdaderos profesionales. Aquellas experiencias solo fueron repetidas bajo el mando del capitán Raimundo René Calero Torriente a bordo del buque angolano N”Gola, aunque en este caso contábamos con el sistema de navegación DECCA que nos facilitaba el trabajo a partir de Finisterre y cubría todo el norte de Europa. Fueron tiempos donde el hombre competía consigo mismo y ponía a prueba todas las teorías aprendidas en la academia naval. Fueron tiempos cargados de romanticismos por la profesión que se ejercía, se amaba entre otras cosas, se respetaba. Cuando finalmente logré ascender al cargo de primer oficial, no sin antes haber permanecido durante diez años en el puesto inferior, como cumpliendo una especie de sordo castigo por mi rebeldía política. La frustración vivida, la desilusión y el sentimiento de desamparo no me abandonaron hasta mi deserción en Canadá en el año 91. Pude comprobar más de una vez el grado de irresponsabilidad del sistema al poner un buque y la vida de su tripulación en manos incompetentes e irresponsables por ignorancia. La falta de ética profesional invadió cada mamparo de nuestras naves mientras nuestro prestigio como verdaderos navegantes era usado como frazada de piso. La indolencia sembró feudo en nuestra flota y dejamos de ser marinos. Los hombres que amaban a sus naves, fueron sustituidos por depredadores que constantemente las mutilaban y vendían a precios más baratos que el de cualquier **** portuaria.

-¿Por qué tomas Práctico en Cherbourg-Francia hasta Finlandia? Nosotros hemos hecho esas navegaciones solos por años.

-Porque dormimos tranquilos, me van a pagar lo mismo, no sufras eso, Liborio paga. Fue la respuesta de la mayoría de los capitanes que una vez sustituyeron a Raúl.

-¡Oye! Siempre hemos pasado los Dardanelos solos, ¿por qué vas a tomar Práctico? La respuesta era similar.

-¡Por Dios! Nadie toma Prácticos para entrar en Colón. ¡Capitán! Me duelen los huevos de pasar el Estrecho de Singapur solo, no necesitamos Prácticos.

-¡Y a mí, qué! Voy a cobrar lo mismo, Liborio paga, vamos a dormir tranquilos. Lo jodido de todas aquellas respuestas eran su origen, todas me llegaban desde militantes del partido que habían ascendido por su incondicionalidad al régimen.



Con Raúl llegué una vez a Montreal pasando hambre, estábamos comiéndonos las barreduras de la gambuza. Te sometías a esos sacrificios y no los sentías cuando observabas que el capitán las experimentaba también. Él era incapaz de disfrutar privilegios ocultos y someter a su tripulación a esfuerzos inhumanos, aquella sencillez lo engrandecía ante sus subordinados.

Hace poco leí en un foro de marinos cubanos la triste noticia sobre su fallecimiento y enseguida acudieron a mi mente recuerdos de tiempos compartidos bajo el mando de aquel gran hombre. No supe que se encontrara en el destierro como yo, hubiera preferido estar en la isla junto a él y rendirle una guardia de honor como solo él supo ganarse. Hubiera preferido encontrarme allá junto a viejos compañeros y tal vez dedicarle unas palabras antes de que partiera al reino de Neptuno. El destino ha querido separarnos, no así el recuerdo de esa gente valiosa que sembró la semilla del amor entre nosotros. Un triste fatalismo social nos ha desparramado como naves al garete en distintas latitudes, aún así, muchos de nosotros quedamos unidos por el recuerdo de aquellos tiempos que retumban en nuestras memorias por aquella pitada larga que se daba frente al Morro de La Habana. Quedamos marcados de por vida por una especie de mota negra que nos impide olvidar a los grandes hombres cuyos recuerdos enriquecieron una vez esa historia triste y prostituta de nuestra marina mercante cubana. No tengo rosas a mano, arrojo un humilde ramillete de sargazos ante el féretro de Raúl Hernández Sayas, un capitanazo.





Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2008-11-01

Y si tenéis por rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.

Otros trabajos pueden encontrarse en las sig. direcciones:


http://www.conexioncubana.net/
http://www.conexioncubana.net/blogs/esteban/
http://www.conexioncubana.net/blogs/escorado/

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Re: “”” RAÚL HERNÁNDEZ SAYAS, UN CAPITANAZO.”””

Mensaje por Patrio el Mar Nov 04, 2008 9:14 pm

Sincero y sentido homenaje, mis respetos. Viví algo así muy de cerca con mi abuelo, un hombre elegante, culto y de formas refinadas, todo un caballero pero mal mirado por muchos acusado de tendencia burguesas.
Mis respetos,
Patrio

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Re: “”” RAÚL HERNÁNDEZ SAYAS, UN CAPITANAZO.”””

Mensaje por PLACETA el Mar Nov 04, 2008 10:18 pm

Esteban, mis respetos sus escritos siempre son un canto a los oidos, traen verdad y respetos. Saludos

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Re: “”” RAÚL HERNÁNDEZ SAYAS, UN CAPITANAZO.”””

Mensaje por EstebanCL el Miér Nov 05, 2008 6:45 pm

Hola Patrio y Placetas...

Muchas gracias por sus opiniones, siento un gran placer cuando escribo de seres que merecen ser recordados y precisamente mis dos últimos trabajos hablan de ese tipo de hombres que se han ganado todo el respeto del mundo y no pueden ser condenados al olvido.

Un abrazo..

Esteban

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Re: “”” RAÚL HERNÁNDEZ SAYAS, UN CAPITANAZO.”””

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